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esde el vetusto coche de caballos, a la revolucionaria ambulancia, la UVI móvil o el helicóptero de transpor-
te sanitario. Desde la sangría, las sanguijuelas o el purgante, a la TAC helicoidal, el SPECT, la angiorresonancia,
la fecundación in vitro o las células madre. Desde la fórmula magistral escrita con pluma y tinta, a la receta
electrónica. Desde la cartilla del médico, a la tarjeta sanitaria. Desde la medicina donde los pacientes cercanos
o lejanos en la distancia, curables o incurables, niños o ancianos compartían culturas parecidas, a los pacientes
con otras culturas, otros idiomas, otras creencias.
Desde Don José o Don Antonio a la Doctora Marta o la Doctora Elizabeth. Desde la casa del médico y el hospi-
tal en la capital, al Centro de Salud o el Centro de Alta Resolución. Desde “avisa a Don Antonio que la abuela no
está bien” o llama a la “comadrona que la niña está de parto”, a la atención por el 061, los DCCU o los SCCU o al
Programa de Embarazo, Parto y Puerperio y la detección precoz de cromosomopatías o el aborto terapeútico.
Desde “coger la vez” para ser atendido por el “practicante” o el médico, a la cita programada, citaWeb o Salud
Responde. ¡Cuánto ha cambiado nuestra manera de trabajar!
Todos los que ejercieron la medicina en las condiciones más duras, los que hacemos la medicina de hoy, llena
de procesos, programas, guías, cifras, objetivos, gestión, evidencias y tecnificación, y los que harán la medicina
del mañana; todos, tenemos algo o mucho en común, dedicar una parte de nuestra vida a los demás.
La esencia siempre es la misma, alguien nos necesita. Poder determinar cuál es esa necesidad no es tarea fácil.
A veces se trata de un medicamento, de una cura, pero eso no siempre es así.
¿Qué nos demanda el paciente realmente? ¿Qué hay detrás de ese dolor, de ese insomnio,...? Las necesidades
son difíciles de encontrar, no se vislumbran con facilidad, ni nuestro paciente las conoce en ocasiones, están
enmascaradas. Un centro de día para el abuelo, una cama articulada para la abuela, una visita periódica al
domicilio, quince minutos de conversación pueden ser el remedio.
Sin entrega, comprensión, escucha, paciencia, tolerancia, sentido de igualdad, solidaridad, respeto, no es posi-
ble ejercer nuestras profesiones. No basta con lo que aprendemos en la facultad, las escuelas, los hospitales,
los centros de salud, necesitamos algo más.
Necesitan que seamos accesibles. Nuestra humanización es clave. Cada mejora que realizamos para nuestros
pacientes nos hace mejores a los profesionales. Buena suerte.
Juana Montoya Vergel
Médica de Familia
Centro de Salud de
Aguadulce
Distrito de atención
primaria Poniente de
Almería
Aguadulce
(Almería)