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ctualmente, la provisión de servicios de salud está enmarcada en la sociedad del conocimiento, en el que
éste se produce de manera vertiginosa, incidiendo positivamente en la forma en que atendemos a los en-
fermos a partir de las mejores evidencias científicas disponibles. Conocimiento que, a la vez que fuente de
bienestar, debería ser, en España y en Andalucía, fuente de riqueza para las sociedades que lo producen.
En esta línea, como profesional entiendo que es nuestra obligación colectiva, la de los directivos y la de los
sanitarios, producir conocimiento a través de la investigación de alta calidad. Como médico, creo que no
podemos renunciar a hacernos preguntas sobre los problemas epidemiológicos, diagnósticos, terapéuticos y
preventivos que las distintas enfermedades continúan planteando, con el objetivo de enunciar hipótesis enca-
minadas a mejorar la atención sanitaria en cada uno de estos aspectos para, con una metodología adecuada,
alcanzar unos resultados transferibles a la atención de los pacientes y de los problemas de salud.
La imagen que comento evoca la investigación experimental, bien básica o traslacional. Ésta es un pilar
fundamental en la producción de conocimiento en una empresa sanitaria de la envergadura de recursos que
tiene el SAS. Reflexionemos un momento en el enorme capital de conocimiento acumulado entre todos los
profesionales, para reconocer que disponemos del elemento fundamental para encarar este tipo de produc-
ción de conocimiento. Máxime, cuando existen en la actualidad una mayor financiación para los proyectos de
investigación, los programas de investigadores de carrera y los convenios con las universidades, factores que
posibilitan la coexistencia de investigadores básicos con investigadores clínicos.
Pero también, esta imagen debe evocarnos la investigación clínica, imprescindible para generar conocimiento
en todos los aspectos citados. Sin ella, no se producen nuevos avances en la atención sanitaria a los pacientes,
ni se generan conocimientos sobre nuevas enfermedades. Pongamos un ejemplo ilustrativo. El SIDA se descri-
bió en 1981, hace sólo 26 años. En aquel momento, todo nos era desconocido a los sanitarios, desde la causa y
la epidemiología, hasta sus múltiples manifestaciones clínicas, su pronóstico, su tratamiento o su prevención.
En cambio, hoy día existe un enorme bagaje de conocimientos que permiten dar respuestas a los pacientes y a
la sociedad. Ello ha sido posible, sin duda, gracias al esfuerzo conjugado y sistemático de investigadores desde
todos los campos del conocimiento. Sin embargo, cómo se manifiesta la enfermedad en cada paciente, cómo
diagnosticar sus numerosas complicaciones, cómo tratarlas, cómo prevenirlas, ha sido posible fundamental-
mente gracias a la investigación clínica.
Tenemos pues una gran responsabilidad en este campo. Todos. Los directivos, fijando objetivos de investigación, y
los sanitarios, esforzándonos en este aspecto como lo hacemos en otras facetas de nuestras profesiones, tenemos
la obligación en un país que nos ofrece recursos, de producir conocimiento que revierta en los ciudadanos.
Jerónimo Pachón Díaz
Jefe de Servicio. Director
de la Unidad Clínica de
Enfermedades Infecciosas
Hospital del SAS
Virgen del Rocío
Sevilla