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as vacunas no dan la felicidad pero ayudan a allanar el camino. Gracias a ellas vemos crecer a nuestros hijos
felices, despreocupándonos de enfermedades como la poliomielitis o la difteria. Gracias al Plan de Vacuna-
ción Andaluz en estos veinte años, hemos erradicado varias enfermedades y reducido a brotes aislados otras
muchas. Parece algo casi mágico, un pequeño “pinchacito”, pequeño para nosotros claro, y ya está. ¡Si todo lo
demás fuera igual de fácil! Sin embargo, en esta sociedad del exceso y el abuso podemos caer en la tentación
de querer vacunar más de lo necesario. Hay vacunas para todos pero no hay vacunas para todo. Nuestro calen-
dario vacunal crece año tras año y las coberturas vacunales superan ya el 98%, pero si nos dejamos llevar por
el miedo a enfermar, la medicalización de la salud y otros intereses comerciales, podemos acabar convirtiendo
el milagro de las vacunas en una tragedia. Además, por muchas vacunas que pongamos a nuestros hijos, no
les servirán de nada si no nos ocupamos de cuidarlos y educarlos sanamente. Las vacunas pueden evitar que
enfermen del sarampión, la rubeola o las paperas, pero quién les enseñará a comer bien, a hacer ejercicio, a
cuidarse los dientes, a tener una sana autoestima, a no quedarse enganchados a la droga, a disfrutar sana-
mente de su sexualidad, etc.
Si queremos niños y adolescentes felices, además de vacunarlos tendremos que dedicar muchas horas a ge-
nerar en ellos conductas saludables que le ayuden a enfrentarse a la vida. Por eso en la foto podemos ver que
detrás de ese “pinchacito” hay una enfermera dispuesta a ayudar a los padres en la maravillosa y agotadora
tarea de cuidar a los hijos, para que crezcan sanamente en un mundo al que también le harían falta un par de
vacunas si quiere llegar a viejo.
Luis Boatella Cumpian
Enfermero
Centro de Salud de Coín
Distrito de atención
primaria Valle del
Guadalhorce. Coín
(Málaga)