meditando el museo
MIL MUSEOS
Luis Fernández-Galiano
Arquitectura Viva, nº 77, III-IV, 2001
edificios expositivos proliferan las piezas narrativas y
locuaces cuyas formas contundentes asumen con harta
frecuencia el protagonismo de la seducción simbólica,
convocando por sí solas a los espíritus de la sensación.
Los actuales museos no son templos invadidos por mer-
caderes, sino comercios dirigidos por sacerdotes. Los
chamanes se han hecho dueños de las instituciones
ilustradas de la república de ciudadanos, y las han
puesto al servicio de una religión mistérica envasada en
la jerga gerencial de las marcas y las franquicias, el eti-
quetado y la comercialización, la financiación y el bene-
ficio. Ladrones de cuerpos y secuestradores de concien-
cias, los museos han sucumbido a la tentación del
espectáculo sustituyendo la conservación y el estudio
por una programación de atracciones que los ha hecho
a la vez más numerosos y más intrascendentes, más
poderosos y más frágiles, más visibles y más vacíos. Son
templos de una nueva religión, pero esa religión es la
del consumo compulsivo de experiencias.
Si la política fue la religión del siglo XIX, el arte ha
sido la del siglo XX. Alimentados por una piedad
unánime, sus santuarios se han multiplicado por las
regiones prósperas del planeta, y la mayor facilidad de
los viajes ha desplazado a multitudes peregrinas hasta
los lugares sagrados del nuevo culto, desbordando con
su afluencia devota los viejos templos somnolientos. Al
comenzar el siglo XXI, tanto la proliferación de capillas
como el caudaloso crecimiento de las basílicas traza un
panorama de fervor sin fronteras, que ha hecho de los
museos iglesias boyantes y del arte una fe saneada,
impulsando una copiosa cosecha de construcciones que
coloniza los recintos históricos, las áreas urbanas y los
paisajes periféricos.
Con la popularidad y las masas han llegado la trivializa-
ción y el comercio. Las imágenes veneradas se han repro-
ducido interminablemente en copias y facsímiles, la con-
templación ensimismada se ha reemplazado por el
tránsito acelerado, y la exhibición de objetos de culto ha
dejado lugar a la oferta de espectáculos litúrgicos. A
través de las grandes exposiciones, los montajes multime-
dia y las presentaciones interactivas, los museos se han
convertido en teatros, y sus salas en escenarios donde las
obras ya no se muestran, sino que se representan: el
cofre del tesoro es hoy un baúl de disfraces, y todas las
vasijas se frotan con el paño de la novedad excitada hasta
que su brillo despierta al genio de la lámpara comercial.
En estos parques de atracciones culturales se suministran
experiencias. Tanto el entretenimiento pedagógico como
el ocio cultivado se ponen al servicio de un relato emo-
cional que cautiva o conmueve, y esa escenificación de la
excelencia aspira a la condición de experiencia vital que
se archiva en la memoria del visitante-espectador. Los
recipientes arquitectónicos de estas ceremonias de magia
blanca no pueden limitarse a ofrecer espacios anónimos
de recogimiento silencioso, y en la última floración de