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a fotografía aporta la innegable evidencia de que en algún momento hubo entre nosotros un gran retra-
tista. Clásicamente, el retrato repartió su género entre dos tipos de composiciones: las que tomaban como
motivo un rostro individual y las que ofrecían un estudio grupal. Las primeras estaban sometidas a un criterio
de verdad, las segundas a uno de poder. La luz es una fuente de poder en manos del retratista; la sombra, en
cambio, es un plano de soporte sobre el que se realza al iluminado.
Con ese enfoque, el fotógrafo ha dispuesto de 7.923.358 ocasiones para captar las imágenes de una interven-
ción quirúrgica. Ese es el número de veces que se ha producido en el SAS una escena de esas características
en el período 1986-2006. Los componentes humanos, sin embargo, otorgan un carácter singular e irrepetible
a cada una de ellas. La foto también es exclusiva y presenta una escena de gran calidez y armonía. La frialdad
destelleante de los aparatos e instrumentos está reemplazada por el hiperrealismo escénico de los gestos de
dos cirujanas y un anestesiólogo, cuyas miradas confluyen en el centro, ocupado por un ciudadano que recibe
toda la luz de la lámpara y la refleja –desde un campo de blancura isquémica– sobre el rostro de las cirujanas.
Flota en el aire la impresión de que la pasión por cuidar supera el celo por cuidarse. No se ve ni una gota de
sangre a pesar de que el campo quirúrgico parece ya abierto. Las miradas de los profesionales –centradas en el
ciudadano– proyectan serenidad y componen una imagen en la que la intervención quirúrgica parece investir-
se con la rara perfección de lo simple. El argumento escénico y la descripción de ese detalle no es retórico: en
realidad, la simplificación técnica y organizativa de los procedimientos quirúrgicos ha permitido multiplicar
por mucho el número de intervenciones, especialmente las denominadas de cirugía mayor ambulatoria. Los
gestores hablan de ello como indicador de eficiencia, los profesionales lo viven como una oportunidad de am-
pliar su proyección técnica –en la medida en que se hace frente a situaciones clínicas complejas con procedi-
mientos menos invasivos– y, sobre todo, los ciudadanos lo contemplan como un valor añadido en términos de
confort personal y familiar.
La foto, en fin, agota su alumbrado en los márgenes y sombrea en ellos la imagen de una mano sobresaliente
en la penumbra. Esa mano termina constituyéndose en el símbolo del cuidado cálido y vital que un profesio-
nal anestesiólogo dispensa al paciente. No hay en la escena gestos de tensión derivados del reparto de luz. No
hay signos de agravio por ese motivo. En nuestra cultura las tareas más delicadas y las faenas que tocan pelo
suelen hacerse en la sombra. La música que evoca la foto es muy armónica, el discurso suena bien y la luz está
donde debe. ¿Hay quien dé más?
Manuel Márquez Paniagua
Jefe del Servicio de
Anestesia
Hospital del SAS
Infanta Elena
Huelva