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aún decimonónico no sólo en su discurso o
su museografía, sino también en su infraes-
tructura. Sabemos por un informe de 1961
que, en esta fecha, aún no había luz eléc-
trica en las salas. Hasta entonces, la única
luz que había penetrado, además de la
natural de las ventanas, había sido la que
emanaba de esta mujer apasionada con sus
trabajos de estudio, catalogación, docencia
y difusión. Labor que desarrolló práctica-
mente en solitario, pues el único personal
estable con el que contó fue el de un vigi-
lante, que ocasionalmente se ampliaba a
dos. Queda por precisar el alcance y dura-
ción de la colaboración de becarios y
alumnos en prácticas.
Poco agraciada físicamente, fue en todo lo
demás una mujer que deslumbró a los grana-
dinos con su simpatía y afectividad, así como
a sus colegas y alumnos nacionales y extran-
jeros. Con esta luz abría de par en par todas
las puertas, como relata Darío Cabanellas que
ocurrió en un viaje de estudios a Tetuán de
las secciones de semíticas de Madrid,
Barcelona y Granada. Fue uno de sus anti-
guos alumnos marroquíes el que le otorgó el
título de
Cherifa
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de Granada, probable-
mente el que más ilusión le haría, después de
haber recibido, entre otros honores, la Orden
de la Mehdawiya, la Orden Civil de Alfonso X
el Sabio y la Medalla de plata al Mérito en las
Bellas Artes.
Era muy conocida su afición a contar chistes
y su sentido del humor. Ironizaba sobre su
excepcionalidad como mujer que se movía
con libertad, diciendo con cierta frecuencia
“Yo soy el hombre de mi casa” –cuando
vivía con su madre y otras dos hermanas sol-
teras–. Y en efecto, al traspasar los límites
que las convenciones sociales imponían a
una mujer, había adquirido un estatuto
especial, que le permitía ser, como le decían
cariñosamente amigos y amigas, “la mujer
más besada de toda Granada”.
Espero que estas líneas sirvan para seguir
investigando sobre ésta y tantas mujeres,
que después de haber alcanzado la forma-
ción superior y el ejercicio de una profe-
sión, tuvieron que luchar y triunfaron sobre
todos aquellos que intentaron volver a
recluirlas en casa,
apartándolas de la
pedantería feminista de bachilleras y uni-
dente de Arjona; la de las tres esculturas
romanas de Almuñécar, realizada por la
sociedad Hijos de Rafael Márquez o las que
va consiguiendo que realice, poquito a
poco, su buen amigo y mentor Manuel
Gómez Moreno. Consiguió que la
Compañía de Jesús depositase la diadema
de oro perteneciente al excepcional con-
junto funerario neolítico que, a mitad del
siglo XIX, en una cueva de Albuñol, había
descubierto Manuel de Góngora, autor de
la primera obra general sobre Arqueología
Prehistórica de Andalucía.
La introducción de la teoría y metodología de
una arqueología científica en la Universidad
de Granada, de la mano de Manuel Pellicer,
en 1955, inició un cambio en la forma del
incremento de las colecciones, a favor de los
ingresos procedentes de excavaciones
arqueológicas, que Joaquina apoyó como
Comisaria –después Delegada– Provincial de
Excavaciones Arqueológicas. Pero ella se había
formado en una arqueología de corte más
anticuarista, en la que se inscriben los trabajos
de investigación y catalogación de las colec-
ciones que publicó, destacando las de los
hallazgos de Medina Elvira, las inscripciones y
capiteles árabes, las lucernas y vidrios
romanos o la colección visigoda. La vincula-
ción del Museo a la Universidad, por Orden
Ministerial de 1941, por lo cual se convertía
en un servicio universitario, influyeron sobre
todo en el despliegue de una labor docente
que se consideraba complementaria de la uni-
versitaria, pero nada en el desarrollo de pro-
yectos de investigación conjunta. En este
sentido, los artífices de una nueva orientación
en la relación de ambas instituciones serán su
sobrina y sucesora en la dirección desde
1967, Angela Mendoza Eguaras, y el nuevo
Catedrático del Departamento de Prehistoria,
Antonio Arribas.
Esta colaboración se manifestará en el dis-
curso museológico de la nueva instalación
museográfica en cuya inauguración
Joaquina, que había sido nombrada “direc-
tora honoraria” en 1967 y siguió vinculada
al Museo hasta su muerte, asiste emocio-
nada al milagro de la modernidad: una
nueva presentación científica, con los crite-
rios didácticos de la época, y sobre todo,
con focos de sala y vitrinas iluminadas. El
museo que ella dejó en los años sesenta era
versitarias, que deben ser la excepción, y
orientándolas a su propio magnífico ser
femenino que se desarrolla en el hogar.
El
exabrupto, como lo califica María Bolaños,
pertenece al que era en 1938, Jefe del
Servicio de Enseñanza Superior y Media del
Ministerio de Educación Nacional
(BOLAÑOS, 1997). Afortunadamente no
sólo las mujeres mencionadas, sino también
muchas desde el hogar, en la educación de
sus hijas, desoyeron tan perversas reco-
mendaciones. A unas y otras, vaya nuestro
homenaje y agradecimiento.
Bibliografía
BALLARÍN DOMINGO, P. (1990):
Feminismo, educación y
filantropía en la Granada de entresiglos: Berta Wilhelmi.
En I Encuentro Interdisciplinar de Estudios de la Mujer,
vol.I, pp. 341-356. Granada.
BOLAÑOS, M. (1997):
Historia de los museos de España.
Ediciones Trea. Gijón.
CABANELLAS RODRÍGUEZ, D. (1982): Discurso pronun-
ciado en el acto público y extraordinario celebrado en
recuerdo de la académica fallecida Ilma. Sra. Dª Joaquina
Eguaras Ibáñez. Real Academia de Bellas Artes Nuestra
Señora de las Angustias. Granada.
EGUARAS IBÁÑEZ, J. (1997):
Tratado de agricultura de
Ibn Luyun.
Patronato de La Alhambra. Consejería de
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GARCÍA LORCA, F. (1980):
Federico y su mundo.
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GAY ARMENTEROS, J. y VIÑES MILLET, C. (1982):
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y XX.
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RODRÍGUEZ TITOS, J. (1998):
Mujeres de Granada.
Diputación Provincial de Granada.
VILLAFRANCA JIMÉNEZ, M.M. (1998):
Los museos de
Granada.
Diputación Provincial de Granada.
Notas
1. Agradezco a la familia Martín Vivaldi su amabilidad al
permitirme reproducir este fragmento del poema.
2. Del árabe sarif, nombre dado a los descendientes de
Fátima, hija del profeta, y, por extensión a los miembros
de la dinastía reinante en Marruecos.
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