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Escuela de Estudios Árabes o en la Casa de
Castril, sede del Museo Arqueológico y,
siempre que el tiempo lo permitía, en los
jardines, a cielo abierto. Precisamente una
de las líneas educativas institucionistas pre-
conizadas por Giner de los Rios era el con-
tacto con la naturaleza. El trato de Joaquina
con sus alumnos, de amistad y de conoci-
miento individual de cada uno de ellos, es
sin duda fruto de “la nueva actitud y los
nuevos modos” que en Granada había
encabezado Fernando de los Ríos y que des-
cribió Francisco García Lorca (GARCÍA
LORCA, 1980). Recordemos a todos aquellos
maestros que difundieron esta nueva peda-
gogía y a los que rinde un dulce y amargo
homenaje ese magnífico relato cinematográ-
fico titulado
La lengua de las mariposas.
En segundo lugar tenemos la pasión de
Joaquina por la lengua y la cultura árabes.
La predilección por el pasado medieval
español y especialmente el andalusí es
característica de la escuela historiográfica
institucionista. Ésta se tradujo en un
fomento de los estudios árabes, que en
Granada alcanzan un gran prestigio. En esta
ciudad y en Madrid se crearían en 1932,
sendas Escuelas de Estudios Árabes, depen-
dientes del Consejo Superior de
Investigaciones Científicas. A la de Granada,
sintetizan el fructífero ambiente del
momento– han desterrado la soledad de sus
primeros años de estudiante universitaria.
Las tres claves de la personalidad profesional
de Joaquina Eguaras entroncan perfecta-
mente con los planteamientos institucionis-
tas que florecen en Granada sobre todo a
partir de 1925, en la que, pese a la dicta-
dura, bulle la vida intelectual progresista.
Esa trayectoria brillante y ascendente, ini-
ciada en los últimos años del siglo XIX, que
se polariza durante la República y final-
mente es partida en dos por la guerra civil,
“obligando a una desbandada –ya fuera
física o moral– de los que hasta entonces
habían trabajado estrechamente unidos”
(GAY ARMENTEROS y VIÑES MILLET, 1982).
La primera de esas claves es su vocación y
metodología pedagógica. En su trabajo
como profesora de árabe y hebreo en la
Universidad y de árabe en la Escuela de
Estudios Árabes, destaca como pedagoga
excepcional. Los que fueron sus alumnos
coinciden en calificar de incomparable la
calidad de su docencia, la apertura de sus
clases a todo interesado, aunque no estu-
viera matriculado, y su prolongación más
allá del horario lectivo para los que lo reque-
rían. En la Casa del Chapiz, sede de la
dirigida por el joven y brillante catedrático
Emilio García Gómez, se incorpora desde el
primer momento nuestra reciente directora
del Museo Arqueológico de Granada. Su
tesis doctoral sobre el Tratado de Agricultura
de Ibn Luyun, reeditada por el Patronato de
La Alhambra con motivo del centenario de
su nacimiento, fue el precedente de una de
las tres líneas actuales de trabajo –agrono-
mía andalusí– del Grupo de Investigación de
la mencionada Escuela dedicado a la
“Historia de la ciencia árabe”.
Y, en tercer lugar, su trabajo en el Museo
Arqueológico de Granada está imbuido
también del espíritu institucionista, alenta-
dor de una entusiasta defensa del patrimo-
nio artístico y monumental y generador de
una escuela historiográfica que combina el
rigor erudito con la pasión nacionalista, a la
que pertenecía el más admirado maestro de
nuestra protagonista: Manuel Gómez
Moreno, uno de los principales eruditos de
los que se formaron con Menéndez Pidal en
el Centro de Estudios Históricos de Madrid,
durante el Ministerio de Romanones.
Los museos formarán parte de la vocación
de educar en esa pasión mediante el conoci-
miento del patrimonio histórico. Por otro
lado, en los primeros años del siglo XX, las
disposiciones de Romanones, discípulo de
Giner de los Ríos, intentaron cambiar la
orientación de los museos, definidos por
primera vez como centros docentes y dirigi-
dos hacia una democratización hasta enton-
ces inexistente. Se ordena la gratuidad de la
entrada, la mayor amplitud de horarios, la
información documentada de todo lo
expuesto, la obligación de los maestros de
primaria de realizar visitas con sus alumnos y
la recomendación de la visita de los universi-
tarios (BOLAÑOS, 1997).
En 1930 Joaquina Eguaras ingresa por opo-
sición en el Cuerpo de Archiveros,
Bibliotecarios y Arqueólogos, heredero de
Sala de Arqueología Medieval.
Instalación que se mantuvo apenas sin variación
desde 1945 hasta 1974
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