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carnalidad como símil de los traumas civila-
cionales de la historia.
Y, por último, en manos del artista alemán
Albert Oehlen, de los sevillanos Curro
González y Patricio Cabrera, y del norteame-
ricano Fred Tomaselli, la pintura misma se
convierte en una sustancia inestable, convir-
tiendo el vértigo, el desorden, la errancia y
la hipnótica artificiosidad en el propio
asunto de la pintura. Ellos hurgan con sus
formas de pesimismo lúcido en las utopías
imposibles de la contemporaneidad, para lo
cual hacen uso de unas exaltadas narrativas
llevadas al paroxismo.
La exposición atraviesa transversalmente
generaciones y nacionalidades que dan
afán constructivo-destructivo, pulverizan las
ideas y desafían el mundo de las formas en
esa corrosiva pantalla mental en la que
convierten a la pintura. Malestares grotes-
cos, disonancias, colapsos y descargas
ácidas discurren por sus rotundos escena-
rios pictóricos.
Por otro lado, la terrorífica soledad del
hombre ha dado lugar a tenebrosas formas
de mostruosidad psíquica que los artistas
María Lassnig, austriaca, Patricia Dauder,
barcelonesa, Tony Oursler, norteamericano, y
Adriana Varejao, brasileña, desmenuzan en
sus obras, poniendo en evidencia tanto la
escueta oquedad del ser y su devastación
interior, como la petrificación de la mente
en nuestra era tecnológica y la aberrante
cuenta de la gran riqueza cultural de este
marco crítico e interrogativo desarrollado en
el terreno pictórico por las incertidumbres y
zozobras de la mente, al que sin duda los
artistas españoles, y sobre todo andaluces,
han contribuido en un modo especial.
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