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que se encontraban los aparatos
más modernos de la época. Esta
experiencia sería definitiva para
su acercamiento a la investiga-
ción científica.
En 1625 inicia sus estudios de
Teología en la Universidad de
Maguncia siendo ordenado
sacerdote en 1628. En esta
época empezó a hacer estudios
sobre magnetismo, tema sobre el
que trataría su primer libro titu-
lado
Ars magnesia
(1631).
También entonces comenzó a
utilizar el telescopio para el
estudio de las manchas solares
que en aquel momento parecían
incomprensibles. Ese mismo año
de 1628 fue nombrado profesor
de la Universidad de Würzburgo,
donde enseñaría escolástica,
matemáticas y las lenguas hebrea
y aramea. Estando en esa ciudad
tuvo ocasión de leer un libro
sobre el Obelisco Sixtino de
Roma y se le abrió un mundo
nuevo cuando vio en él por
primera vez las imágenes de jero-
glíficos egipcios, a cuya interpre-
tación dedicaría muchas horas a
lo largo de su vida. En 1630
pidió ser enviado a China como
misionero pero le fue negado y
hubo de conformarse con colec-
cionar los materiales que le remi-
tían otros misioneros.
En 1631, debido al avance de la
guerra, abandona Alemania y se
establece en Francia, en el
Colegio de Aviñón. Allí desarrolla
su afición científica en diferentes
materias: la astronomía, la agri-
mensura, la planimetría.
Continuó con el desciframiento
de los jeroglíficos basándose en
la lengua copta (que conocía
perfectamente), publicando años
más tarde una gramática. Y
sobre todo comenzó a hacer
experimentos con espejos (catóp-
trica), dirigiendo la luz del sol e
ideando máquinas como la
lin-
terna mágica
que se ve descrita
por primera vez en la historia en
su obra
Ars magna lucis et
umbrae
(1646).
En 1633 recibió del Emperador
Fernando II la invitación de ir a
Viena para sustituir al matemá-
tico Kepler, muerto dos años
antes. Como el viaje por tierra
resultaba peligroso debido a la
guerra, planeó hacerlo a través
de Italia, embarcándose en
Aviñón hacia Marsella. Tras
muchas peripecias, naufragios,
enfermedades, tempestades y
peligros, llegó por fin a
Civitavecchia. Roma estaba
próxima y no pudo vencer la
tentación de ver la Ciudad
Eterna. Hizo el camino a pie. Era
el año 1635 y con permiso de
sus superiores se instaló en el
Colegio Romano, la más impor-
tante fundación jesuita en la
ciudad, dedicada a la ense-
ñanza. El Colegio, nacido por
voluntad expresa del propio San
Ignacio de Loyola para estudios
de Filosofía y Teología, era
también un importante centro
científico y artístico. Aquí viviría
el resto de su vida aplicado a la
investigación, en una institución
que era la mejor Universidad del
momento y que poseía una
riquísima biblioteca
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.
Al poco, en el año 1636, el sobe-
rano de Hesse-Darmstadt, el
estado natal de Kircher, se con-
virtió al catolicismo y deseando
viajar por Italia, nombró a
Athanasius Kircher su confesor y
compañero de viaje. Se dirigieron
a Malta y a Sicilia. A la vuelta, ya
en 1638, el Etna y el Stromboli
entraron en erupción. Sufrieron
un terremoto y presenciaron la
destrucción de la isla de Santa
Eufemia. En Nápoles el Vesubio
amenazaba con entrar en erup-
ción. Kircher subió a la cima,
introduciéndose en el cráter para
observar el fenómeno de cerca.
Fruto de esta experiencia fue su
libro
Mundus subterraneus
(1665), un libro de 800 páginas
lleno de extraordinarios grabados
1. Portada de catálogo objeto de recen-
sión.
2. Flora china, de “La China ilustrada”.
3. Frontispicio del Catálogo del Museo
Kircheriano de 1678, la única imagen que
se conserva de la gran sala.
4. El Vesuvio observado por Kircher en
1638. (Biblioteca Nacional Central
“Vittorio Emanuele II”, Roma).
5. Obelisco Lateranense, maqueta en
madera de 124 cm de altura hecha por
Kircher. (Liceo Visconti, Roma).
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