Estatuto de Autonomía para Andalucía
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neo y al Atlántico por una dilatada fachada marítima, constituye un nexo
de unión entre Europa y el continente africano. Un espacio de frontera
que ha facilitado contactos y diálogos entre norte y sur, entre los arcos me-
diterráneo y atlántico, y donde se ha configurado como hecho diferencial
un sistema urbano medido en clave humana.
Estos rasgos, entre otros, no son sólo sedimentos de la tradición, sino
que constituyen una vía de expansión de la cultura andaluza en España
y el mundo y una aportación contemporánea a las culturas globales. El
pueblo andaluz es heredero, por tanto, de un vasto cimiento de civiliza-
ción que Andalucía puede y debe aportar a la sociedad contemporánea,
sobre la base de los principios irrenunciables de igualdad, democracia y
convivencia pacífica y justa.
El ingente esfuerzo y sacrificio de innumerables generaciones de anda-
luces y andaluzas a lo largo de los tiempos se ha visto recompensado en
la reciente etapa democrática, que es cuando Andalucía expresa con más
firmeza su identidad como pueblo a través de la lucha por la autonomía
plena. En los últimos 25 años, Andalucía ha vivido el proceso de cambio
más intenso de nuestra historia y se ha acercado al ideal de Andalucía li-
bre y solidaria por la que luchara incansablemente Blas Infante, a quien
el Parlamento de Andalucía, en un acto de justicia histórica, reconoce
como Padre de la Patria Andaluza en abril de 1983.
Ese ideal autonomista hunde sus raíces en nuestra historia contemporánea.
El primer texto que plasma la voluntad política de que Andalucía se cons-
tituya como entidad política con capacidad de autogobierno es la Consti-
tución Federal Andaluza, redactada en Antequera en 1883. En la Asamblea
de Ronda de 1918 fueron aprobados la bandera y el escudo andaluces.