EL ALMA DE LOS CUENTOS
INSTITUTO ANDALUZ DE LA MUJER
28
De pronto, con un hilo de voz, me hizo una pregunta que me dejó totalmente descon-
certado.
- ¿Tú, me ves?
Sus ojos eran un puro asombro.
- Claro -contesté- ¿cómo no te iba a ver? Destacas entre todos tus compañeros de
juego.
- Porque nadie me ve -afirmó- con una tristeza mucho mayor que la de sus años.
- Te veo -repetí-, eres una niña que estás aquí jugando en el parque.
Entonces me contó que hasta aquel momento nadie había reparado en ella. Ni sus
padres, ni sus hermanos, ni sus maestros, ni sus amigos la veían.
De repente se me ocurrió una idea.
- Quédate aquí, a mi lado.
Saqué del bolsillo los juegos de magia que siempre llevo conmigo. Al observar que unos
niños me miraban, hice desaparecer, delante de sus narices, una gran pelota. Luego, sin
decir nada, les mostré unos aros perfectamente cerrados que se unían y separaban
misteriosamente. Los niños y niñas se arremolinaron a mi alrededor. Había conseguido
atraer su atención.
Me pidieron con insistencia que repitiera cada juego y que les hiciera otros nuevos. Es-
taban entusiasmados. Era lo que yo pretendía. Saqué fuego de uno de mis dedos, hice
aparecer una paloma en mi mano vacía, convertí un lápiz en un peluche.
Después de un breve tiempo de sorpresas, anuncié que me iba. Como había supuesto,
la reacción de los niños y niñas no se hizo esperar.
- Por favor, no te vayas, haznos otro truco, el último, por favor, por favor -reclamaron
a coro-.
- De acuerdo, pero será de verdad el último.
Les pedí que se pusieran en círculo. Miré al cielo. Una pequeña nube solitaria surcaba
el azul. Adopté una actitud muy teatral.